No hubo una simple “aclaración” legal. Hubo una redefinición política: decidir si los
glaciares son reservas estratégicas que el país debe blindar o territorios cuyo
resguardo puede achicarse cuando el negocio presiona.
La sesión que convirtió en ley la modificación de la Ley 26.639 no fue una corrección técnica ni una mejora menor del texto vigente. Fue una señal política de época. Cuando un Congreso debilita la protección de los glaciares y del ambiente periglacial, no está discutiendo solamente minería, inversiones o competencias. Está decidiendo qué lugar ocupa el agua en la escala de prioridades de la Nación. Y en un país atravesado por sequías, estrés hídrico y asimetrías territoriales, esa decisión no puede tomarse con una lógica de oportunidad inmediata.
La Constitución Nacional es clara. El artículo 41 reconoce el derecho de todos los habitantes a un ambiente sano, ordena preservar el patrimonio natural y establece que corresponde a la Nación dictar los presupuestos mínimos de protección ambiental. La Ley General del Ambiente, a su vez, define esos presupuestos mínimos como una tutela uniforme para todo el territorio y fija objetivos que no son decorativos: preservar recursos, promover la participación social, asegurar el acceso a la información y sostener un esquema federal de coordinación ambiental. En ese marco, la Ley de Glaciares de 2010 fue una pieza coherente del sistema: protegió glaciares y ambiente periglacial como reservas estratégicas de recursos hídricos, creó el Inventario Nacional de Glaciares y prohibió actividades que pudieran destruirlos o alterar su función, incluida la exploración y explotación minera en esas áreas.
No se trataba de un capricho ideológico. Se trataba de reconocer una evidencia física y política: los glaciares no son una postal. Son infraestructura natural. En Argentina se extienden a lo largo de unos 3.500 kilómetros de la cordillera, están presentes en 12 provincias y 39 cuencas hídricas, y cumplen un papel decisivo en el caudal de los ríos andinos y en la mitigación de las sequías. En otras palabras: protegen consumo humano, agricultura, biodiversidad, economías regionales y estabilidad territorial. Eso también es soberanía. Tal vez, en el siglo XXI, sea una de sus formas más concretas.
Por eso preocupa tanto el sentido de la reforma aprobada. El propio Gobierno sostuvo que uno de sus «dos ejes centrales» era restringir el objeto de protección a los glaciares y geoformas periglaciares que cumplan funciones hídricas, y el otro, ampliar las facultades provinciales para decidir sobre esos territorios. Ese argumento, presentado como «aclaración», en realidad desplaza el principio preventivo y reduce el alcance de una ley nacional pensada justamente para fijar un piso común de tutela. No fortalece el federalismo ambiental: lo fragmenta. Y cuando se fragmenta la defensa del agua, se debilita la posición del país frente a intereses extractivos de enorme escala. La soberanía no consiste en dejar cada territorio librado a negociar solo con actores económicos más poderosos que sus propias instituciones. La soberanía consiste en fijar límites nacionales cuando están en juego bienes estratégicos.
Además, la reforma se mueve en sentido contrario al estándar que la propia Argentina ayudó a construir. En 2019, la Corte Suprema ratificó la constitucionalidad de la Ley de Glaciares frente a los planteos de Barrick y otros actores que cuestionaban su alcance. A nivel regional, el Acuerdo de Escazú, aprobado por la Ley 27.566, obliga a garantizar acceso a la información, participación pública y justicia en asuntos ambientales. A nivel global, la Asamblea General de la ONU reconoció el derecho humano al agua y al saneamiento en 2010, y el derecho a un ambiente limpio, saludable y sostenible en 2022. Como si hiciera falta una advertencia adicional, Naciones Unidas declaró 2025 como Año Internacional de la Conservación de los Glaciares y la UNESCO recordó que montañas y glaciares funcionan como las «torres de agua» del mundo, esenciales para la vida de miles de millones de personas. El mundo discute cómo proteger mejor estas reservas; Argentina, en cambio, acaba de votar cómo hacer más estrecha su defensa.
La transición energética, la necesidad de divisas o la agenda minera no pueden convertirse en una coartada para relativizar zonas frágiles ni para rebajar estándares que costaron años de debate social, científico y jurídico. Ningún país serio entrega su seguridad hídrica por una promesa de corto plazo. Ninguna democracia madura llama «modernización» a una decisión que corre el límite de lo permitido sobre bienes estratégicos. Y ningún discurso sobre desarrollo sustentable resiste si, al primer choque con el negocio del momento, el agua deja de ser prioridad.
Lo que ocurrió en el Congreso no es un tecnicismo legislativo. Es un mensaje. Y el mensaje es equivocado. Defender glaciares no es oponerse al desarrollo. Es defender la base material que hace posible cualquier desarrollo futuro. Defender glaciares es defender agua, comunidades, producción, ciencia, federalismo bien entendido y generaciones que todavía no votan, pero que van a heredar las consecuencias. En un país que conoce demasiado bien el precio de llegar tarde, rebajar la protección de sus reservas hídricas estratégicas es una irresponsabilidad. El agua no se negocia.
Fuentes legales y antecedentes citados
- H. Cámara de Diputados de la Nación, «La Cámara de Diputados convirtió en ley la modificación de la Ley de Glaciares», 8/4/2026.
- Constitución Nacional, art. 41 (Ley 24.430).
- Ley General del Ambiente N.º 25.675, arts. 1, 2 y 6.
- Ley 26.639, arts. 1, 3, 6 y 7.
- Argentina.gob.ar, sección «Glaciares».
- Argentina.gob.ar. «Reforma de la ley de glaciares: posicionamiento y respaldo de la Subsecretaría de Ambiente», abril de 2026.
- CSJN, «Barrick Exploraciones Argentinas S.A. y otro c/ Estado Nacional…», 4/6/2019.
- Ley 27.566 y texto del Acuerdo de Escazú.
- ONU, Resoluciones A/RES/64/292 (2010) y A/RES/76/300 (2022).
- ONU, Resolución A/RES/77/158 (2022), y UNESCO, Informe Mundial sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2025, «Mountains and Glaciers: Water towers».
