EL PERONISMO: HERENCIAS EMOCIONALES

Hay partidos políticos. Hay movimientos. Y después está el peronismo: una maquinaria de poder que parece escrita, demasiadas veces, bajo la lógica de la tragedia. En la historia contemporánea argentina hay un dato extraordinario —y perturbador—: el peronismo tuvo dos viudas de presidentes convertidas en líderes de su propio espacio. Y ambas conocieron, además del vértigo del poder, la experiencia del encierro.

Isabel Perón, viuda de Juan Domingo Perón, terminó detenida tras el golpe militar de 1976. Pasó años privada de la libertad, entre arresto y confinamiento, convertida en símbolo de la caída brutal de un gobierno y del comienzo del período más oscuro del país. Treinta y seis años después, Cristina Fernández de Kirchner, viuda de Néstor Kirchner, vuelve a proyectar sobre el peronismo otra imagen cargada de dramatismo político y judicial. Una líder central cuya situación penal atraviesa el debate público y redefine la identidad de su movimiento.

No son historias idénticas. Sería intelectualmente incorrecto afirmarlo. Los contextos, los sistemas institucionales, las responsabilidades históricas y las circunstancias son profundamente diferentes. Pero la secuencia resulta imposible de ignorar: dos viudas presidenciales, dos jefaturas peronistas, dos trayectorias atravesadas por la prisión o la privación de la libertad. La primera, amaba a Perón. La segunda lo odia. La primera enfrenta a la «juventud maravillosa». La segunda se une a ella. La primera, sabe que Héctor J. Cámpora fue un fusible. La segunda, cree que esos 49 días fueron la etapa de oro de un proyecto político que quedó trunco con la asunción de Perón. La primera dice: «Soy la continuidad de Perón». La segunda, dice de Cámpora: «Podría no haber cumplido la promesa de entregarle el poder a Perón. Podría haber sido un Cobos». Es por eso que el kirchnerismo se propuso como la continuidad, aggiornada a este tiempo, del proyecto político de aquella generación.

Isabel Perón sabía que la «juventud maravillosa» se militarizó y se enfrentó a Perón para hacerse del Estado y convertirlo al socialismo. Isabel sabía que, entre la «burocracia sindical» y «Los Montoneros», se debía quedar con el mal menor, con los primeros. Los Montoneros no ocuparon cargos en el Estado a partir de la asunción de Perón. Renunciaron a sus bancas en la Cámara de Diputados, desafiando al conductor del movimiento frente a las cámaras de televisión. Isabel apoyó el aniquilamiento de las bandas subversivas.

Cristina Kirchner sabía que debía aliarse a la «juventud maravillosa» de La Cámpora y hacerlos funcionarios, ocupando todas las cajas del Estado Nacional después de la muerte de Néstor Kirchner. Los hijos de los Montoneros fueron ocupas y se enriquecieron gracias al Estado. Ninguno fue un revolucionario. Ni Cristina los mandó a aniquilar. El peronismo no puede administrar sus relevos como un partido tradicional. Los vive como dramas de sucesión. La desaparición física del líder no abre simplemente una competencia interna, abre una disputa de legitimidad emocional, simbólica y casi dinástica.

La muerte de Perón dejó a Isabel bajo una sombra imposible de sostener. La muerte de Néstor Kirchner consolidó a Cristina como heredera y, al mismo tiempo, como interpretación del legado. En ambos casos, la viudez no fue solo una condición personal. Fue una fuente de autoridad política. Y luego aparece la cárcel, el encierro y la restricción de libertad. Otro elemento recurrente de la narrativa peronista es, desde la prisión de Perón en 1945 hasta la construcción histórica del movimiento alrededor de la persecución, la proscripción y la resistencia.

Quizás por eso la pregunta de fondo no sea jurídica ni siquiera biográfica. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué el peronismo vuelve una y otra vez a producir liderazgos marcados por el duelo, el martirio, el encierro y la épica de la persecución? Tal vez no sea casualidad. Tal vez sea parte de su ADN político. Un movimiento que nació alrededor de un líder encarcelado, sobrevivió a la proscripción, convirtió la lealtad en doctrina y el sufrimiento en identidad, difícilmente pueda escapar del peso de sus propias recurrencias históricas. En el peronismo, muchas veces, el poder no se hereda solamente. Se padece.

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Caludio Hugo Naranjo

Licenciado en Comunicación Social (UK). Periodista con amplia trayectoria como editorialista en medios nacionales (Clarín, La Nación, Página/12, Ámbito Financiero) y director del portal Cómo te Explico.
Ex Jefe de Gabinete de la Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia de la Nación (1989-1990). Histórico dirigente del PJ con participación en campañas presidenciales y candidaturas legislativas.
Autor de más de diez libros que transitan el ensayo político (La Revolución que se Avecina), la narrativa histórica (1970, 50 años de historia) y la ficción, siendo premiado como Mejor Autor Novel en el año 2000.

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