Adorni, los dólares en negro y la Argentina de las dos varas

Durante años escuchamos que el problema de la Argentina eran los privilegios, la casta, la corrupción y la falta de transparencia. Nos dijeron que había que terminar con los vivos, con los que escondían plata, con los que encontraban atajos mientras el resto cumplía las reglas.
Por eso sorprende escuchar al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, reconocer públicamente que mantuvo ahorros sin declarar y justificarlo con una frase que quedará en la historia política reciente:
Ahorramos en negro, como la mayoría de los argentinos
Además, explicó que junto a su esposa invirtieron 200.000 dólares y obtuvieron ganancias cercanas a los 300.000 dólares mediante operaciones vinculadas a criptomonedas.
La pregunta no es si ganó dinero. La pregunta es otra: ¿qué hubiera dicho el propio Adorni si un funcionario de cualquier gobierno anterior hubiese admitido tener medio millón de dólares sin declarar?
Porque mientras millones de argentinos viven cada movimiento económico bajo la lupa de ARCA, los bancos, las billeteras virtuales y los organismos de control, resulta llamativo que quienes pregonan la libertad económica terminen explicando fortunas no declaradas como si se tratara de una simple anécdota.
Nos hablan de libertad, pero cada vez usamos menos efectivo. Nos dicen que el Estado debe correrse, mientras cada transferencia, cada compra y cada movimiento digital queda registrado. Nos exigen trazabilidad absoluta para cobrar un trabajo, vender un producto o simplemente mover nuestros propios ahorros.
Y ahí aparece la contradicción.
El argentino común no tiene asesores, estudios jurídicos ni conferencias de prensa para explicar inconsistencias patrimoniales. Tiene cuentas embargadas, bloqueos bancarios, intimaciones, retenciones y controles permanentes. Tiene que justificar hasta el último peso mientras intenta llegar a fin de mes.
Nosotros mismos sabemos lo que significa. Cuentas bloqueadas, embargos, observaciones de organismos de control y una burocracia que no distingue entre un evasor profesional y alguien que simplemente intenta trabajar.
Mientras tanto, el salario promedio ronda cifras que apenas alcanzan para sobrevivir. En una Argentina donde una familia necesita ingresos superiores al millón de pesos para no caer bajo la línea de pobreza, hablar de inversiones de cientos de miles de dólares parece describir otro país. Un país paralelo. Un país al que la mayoría nunca accede.
Lo más curioso es el cambio cultural.
Muchos recuerdan al Adorni de los medios, el panelista, el columnista de radio que construía una imagen de hombre común. El que se mostraba cercano a la vida cotidiana de cualquier argentino. El que criticaba privilegios ajenos. El que compartía asados sencillos y hablaba de austeridad.
Hoy la discusión pública gira alrededor de patrimonios millonarios, propiedades, viajes, inversiones y declaraciones rectificadas.
Y quizás allí esté el verdadero problema.
No se trata de cuánto dinero tiene un funcionario.
Se trata de la distancia cada vez más grande entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.
Porque mientras algunos explican cómo multiplicaron cientos de miles de dólares, millones de argentinos siguen haciendo cuentas para pagar la luz, el alquiler, los medicamentos o llenar el changuito.
Tal vez el drama argentino no sea solamente económico.
Tal vez sea moral.
Porque cuando las reglas parecen estrictas para el ciudadano común y flexibles para quienes ocupan el poder, la confianza deja de romperse de a poco.
Se rompe toda junta.
Y una sociedad sin confianza es mucho más pobre que cualquier estadística.








