MILEI, SUJETO DE LA PALABRA

Cuando el 19 de julio de 1975, la presidenta Isabel Martínez de Perón, designaba a José López Rega, Embajador Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la Argentina en varios países, para facilitar su salida y disimular su fuga, debido a una insostenible presión política, económica y social, la entonces presidenta nunca se imaginó que ese acontecimiento, 51 años después, se volviese a repetir. La presidenta en funciones Karina Milei (secretaria General de la Presidencia), nombró sin decreto, al expresidente Javier Milei con las mismas funciones que el entonces renunciado ministro de Bienestar Social, en varios países, especialmente EE.UU. El expresidente días antes de partir de gira nuevamente al país del norte, hizo unas declaraciones bastantes confusas que nadie entendió.
La ya célebre frase ‘huevos con mermelada’, difícilmente pueda ser leída como un hecho aislado o un simple desliz retórico. Por el contrario, condensa con notable claridad un estilo comunicacional que el Gobierno ha adoptado como marca de identidad; la apelación constante a imágenes disruptivas, la simplificación extrema de fenómenos complejos y una deliberada inclinación por el impacto inmediato por sobre la construcción de sentido. Esta lógica, eficaz para la viralización y la fidelización de audiencias propias, muestra sin embargo serias limitaciones cuando se traslada al ejercicio cotidiano de la gestión pública.
Pues, en contextos de estabilidad, ese tipo de recursos puede ser interpretado como una excentricidad o incluso como un rasgo de superioridad. Pero en una Argentina atravesada por tensiones económicas persistentes, deterioro del poder adquisitivo y una marcada incertidumbre social, el efecto es otro: lejos de acertar, distancia; lejos de aclarar, confunde; lejos de ordenar, fragmenta. No se trata de discutir una metáfora en particular, sino de advertir un patrón discursivo que evidencia una creciente disonancia entre el lenguaje del poder y la experiencia concreta de la ciudadanía.
Los datos disponibles refuerzan esa percepción. Informes del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA, han señalado el crecimiento de la indigencia y el deterioro sostenido de los ingresos reales. En paralelo, la caída del consumo masivo, refleja con crudeza el ajuste en los hogares. Este cuadro configura un escenario en el que la palabra presidencial adquiere un peso específico mayor: no solo debe explicar, sino también orientar y contener.
Sin embargo, cuando ese discurso se percibe errático, críptico o directamente banal frente a problemas urgentes, no solo se resiente la calidad del debate público: también se erosiona la función básica del liderazgo político. Como ha señalado el politólogo Andrés Malamud, “los gobiernos pueden sobrevivir a malas políticas, pero difícilmente a una mala lectura de la realidad”. En la misma línea, la historiadora Hilda Sábato ha advertido sobre los riesgos de “degradar el lenguaje público en contextos de fragilidad social”, donde la palabra política debería, precisamente, contribuir a reconstruir sentidos compartidos.
En ese marco, el lenguaje del expresidente Milei es confuso e hiriente. La expresión ‘huevos con mermelada’ deja de ser una anécdota para convertirse en síntoma: síntoma de vínculo debilitado entre el Gobierno y la sociedad que dice representar; síntoma de una narrativa oficial más enfocada en sostener una identidad discursiva que en construir puentes de comprensión en momentos críticos.
La insistencia en este tipo de registro no parece accidental: responde a una concepción de la comunicación política donde la provocación, la confrontación y el desconcierto ocupan un lugar central. El problema es que esa estrategia, que puede resultar eficaz en términos de posicionamiento, encuentra rápidamente sus límites cuando se enfrenta con la gestión real. Gobernar no es solo interpelar a los convencidos ni generar impacto en redes, es ante todo, ofrecer certidumbre en contextos de inestabilidad. Y para ello, el lenguaje no es un detalle menor, sino una herramienta central. Cuando la palabra pública pierde densidad, cuando se vuelve incapaz de reflejar la complejidad de la situación social, lo que se debilita no es únicamente la comunicación, es la propia capacidad del Estado de construir legitimidad.
En definitiva, el problema no es el gusto –si alguien elige o no combinar huevos con mermelada-, sino lo que esa imagen termina simbolizando en el plano político. Porque mientras amplios sectores de la sociedad enfrentan dificultades cada vez más concretas –llegar a fin de mes, sostener el empleo, acceder a bienes básico-, el contraste con un discurso que oscila entre lo excéntrico y lo desconectado no hace más que profundizar la percepción de distancia. Y en política, esa distancia rara vez es inocua, suele ser el primer paso hacia la pérdida de credibilidad, el desgaste del liderazgo y, eventualmente, la erosión del consenso social necesario para gobernar.









